Es
habitual recibir críticas al método clicker. A menudo oímos manifestaciones
tales como: “Está muy bien para obediencia, pero tratándose de rutinas más
complejas...”
Tengo
un cachorro de american pitt-bull terrier de siete meses de edad; como todo
cachorro, su actividad lúdica preferida era romper cuanto objeto caía en su
poder. Así día a día, la lista se agrandaba cada vez más: manteles, ropa
tendida, zapatillas, juguetes de mis hijos, macetas de plástico, etc. Nada
escapaba a su creciente curiosidad y ansias de usar sus dientes.
Sin
ser clarividente tomé conciencia del problema y me dispuse a solucionarlo. Me
dije a mí mismo que con el clicker iba a ser cuestión de unas breves sesiones
de adiestramiento para poder sacarle esa aborrecible y cada vez más costosa manía.
Bien,
toda vez que era sorprendido destrozando alguna prenda, esperaba a que la
suelte, click y premio. ¡Fantástico! Había encontrado la solución. Qué
maravilloso este asunto del clicker, que bien
funciona, no hay nada que no se pueda hacer con él. Pensaba mientras
“Chico” (así se llama mi perro), soltaba un juguete para esperar su trocito
de pollo. Con el correr de los días se hizo evidente que su actividad
destructora no disminuía sino por el contrario, iba en aumento.
¿Qué
estaba fallando? ¿Tenía el cuestionable privilegio de haber descubierto una
grieta en el método? ¿Qué hacer con tan trascendental descubrimiento? ¿Divulgarlo?
¿Ocultarlo? Al fin y al cabo uno vive de esto y no es razonable quedarse sin
actividad por semejante nimiedad.
Observando
más detenidamente encontré la falla. No era del sistema, era mía. Al
principio me resistí a creerlo, pues alguien tan experimentado como yo no podía
pasar por alto algo tan evidente. ¿Qué ocurría? La pequeña bestia recibía
un premio por cada vez que soltaba su imaginaria presa y no por abstenerse de
tomarla. Incansablemente recorría la casa y el jardín buscando algo para,
literalmente, dejarlo a mis pies y de esta manera recibir su premio.
Esta
experiencia me dejó muchas enseñanzas; la principal: Mis motivaciones no
necesariamente deben ser las mismas que las del animal. Por lo tanto, hace falta
más que “técnica” para adiestrar correctamente con el clicker. Debemos
estar atentos a los pequeños cambios, movimientos y manifestaciones que se
producen para dirigirlas al fin pretendido. Los perros no saben de nuestros
planes, no son adivinos ni telépatas para adivinar lo que estamos pretendiendo
de ellos. No comprenden el significado de lo correcto de un ejercicio si no se
lo hacemos notar. Si no salta la valla, no ingresa al túnel, no recoge un
determinado objeto, ni se sienta correctamente; no es su culpa. Es imposible que
conozca de antemano nuestras intenciones.
Por
lo expuesto se hace evidente que debemos poner más esmero en las sesiones
de adiestramiento. No basta con hacer click cada vez que nuestro can hace algo
que nos gusta.
Planifiquemos,
concibamos mentalmente cada pauta a enseñar y establezcamos un procedimiento de
instrucción que sirva a los fines predeterminados.
Es
muy fácil criticar o desestimar el método. Lo más embarazoso es reconocer que
no estamos haciendo lo acertado. Si esto no fuera cierto el sistema del clicker
no hubiera superado ni siquiera sus comienzos y, permítanme decirles que
funciona y ya lleva muchas décadas aplicándose exitosamente en muchas
disciplinas y con todo tipo de animales.
Carlos S. Osácar de Urquiza
http://personales.ciudad.com.ar/clickerargentina